me encanta marcarme la nuca con la gamba de la g hirviente. Hacerme fisuras con la jota en la clavícula y cavar hoyos en mis homoplatos con las eses. La gente buena no necesita poesía. Estoy siendo futilánime, por favor leerme de forma futilosa o fusilante. Gracias.

lunes, julio 13, 2009

Una mujer cuya lengua es un cincel.


Una mujer cuya lengua es un cincel. Que vomita afectos y percepciones por doquier, sin modales algunos ¡Cáspita! Claro… algo así asusta a los hombres “corrientes”. Le habla en Arameo a los ingenieros, y por sí misma es un déficit para cualquier economista. ¿Los humanistas? Psicólogos, filósofos, antropólogos, sociólogos… todos magicidas que escudriñan mis palabras en busca de una lógica. Sumando a eso su labia que por alguna extraña razón ni siquiera logra arrullarme… eso bajo cualquier circunstancia baja el libido inmediatamente. Y de los literatos ni hablar: trato a diario con versos, como para poder ignorar que tras ese yo poético galante y atractivo se esconde un hombre inseguro que a falta de jardines y flores que regar, usa su esperma como tinta. Artistas... artistas artistas artistas. No sé que me produce más grima, el exhibicionismo del actor, del cantante o del pintor. De los pintores huyo, quizá me rajen el cráneo para usar como pintura mi materia gris. Y un músico… ni pensarlo, ¿arriesgarme a que sea enfrascada mi voz para adecuar las gotas exactas de color para generar el tono perfecto? No, gracias, no quiero estar en un coro: mi voz es una hoz, la hoz de un tirano. Y un actor… me da asco no saber a quién beso. Si sobre aquellas tablas negras veo retumbar letras con quienes danza un cuerpo que eriza mis brazos y me coloca como un gato frente a una luna inmensa… maullando… mordiéndose la muñeca para no hacer ruido… Y al bajar el telón solo veo petulancia y pretensiones de erudición…

¿Sabes? Creo que mejor voy a secuestrar un mendigo. Uno a quien solo le brillen los ojos por entre el cabello. Creo que lo encadenaré a mi cama y lo convertiré en mi esclavo sexual. No olvidemos que siempre el señor acaba siendo también esclavo de su siervo. Claro a veces lo sacaré a pasear ¿por qué no? Será su perfecto estado del mendigar. El paraíso del mendigo. Estoy segura que no tendré necesidad de taparle la boca. El sí tendrá cosas curiosas que contar…

(foto de Polaroid)

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