Odio esta ciudad en que hay que navegar con cremalleras, rejas y candados para no ser violado.
No sé qué odio más. Si las sardinas enlatadas que me asfixian, o las putas cuatro ruedas encarnizadas a quienes estoy obligada a suplicar me saquen de un suplicio para huir a otro peor.
Detesto tener que apuntar con disimulo al suelo y disparar miradas hostiles a los extraños. Tener que prohibirme la desidia primaveral, porque si entierro mis pupilas en el cielo seré burlada. No es que me importe, pero comienza a hacerlo cuando me hurtan mi agridulce ayuno y finalmente las palabras.
Y es irasciblemente paradójico que sean un par de tampones y electrónica, los que en mis oídos me brinden un árbol en que treparme para escapar de esta inundación de significantes jodidamente podridos… salvavidas son esos falitos empaquetados que incendio para asfixiar las polillas iracundas queme vana desgarrar el vientre.
Como me parte que se me burle en el espejo La Vida… la muy perra…
Si al menos fueran mis existencias, podría reírme con ellas sobre el gorrión, mientras bebemos el alcohol de nuestros recuerdos fermentados.
1 comentario:
jaja falito, desgarrador y diminutivo.
Caray tu letra si que es celosa, aqui si entendí XD jeje
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