Me atrapó un buen día, de esos amargos, húmedos y frígidos de la existencia. Donde las palabras toman el vuelo de mil significantes delirantes de gigantes, y la letra decide la profesión inteligible.
Un día de esos, cuando la lengua se profesionaliza en la arquitectura del humo, y olvidamos cómo se oye pero escuchamos atentos los latidos de dedos rotos que profetizan frustraciones.
Un día de esos: cuando imaginamos paisajes embelesados por una muerte ausente de burbujas eternas y núcleos infinitos.
Ese buen día maldito quedé arañada en la caricia de la viuda que deja su ponzoña imperceptible y espontánea. En los minutos de cada poema carroñeramente tramposo quedé atrapada.
En el olvido de la letra que acabo de prostituir: en este mismo instante anterior: de barajas baratas y desesperadas palabras sin sentido, de taxis perdidos tan versificadamente prosaicos, de acordes necesarios… Sigo atrapada: esperando. Ay de mí… esperando.
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