Comencé mirando al guitarrista. Al guitarrista con su guitarra: A ver qué me decía su rostro, su cara, a ver qué me adelantaban sobre las vibraciones en su alma; sobre su violento idilio con la guitarra. Pobre tonta. Yo en ese momento creí que él tocaba la guitarra. Que ella obedecía a sus deseos y nos los contaba en ese lenguaje de significados olvidados por nosotros.
En determinado momento, creí ver una extraña sombra en el suelo. No se parecía a él, mucho menos a ella. ¿Algo que tenía algunos agujeros por donde penetraba la luz?
Error.
No era una sombra, claro que no. Era un reflejo, el reflejo de ella. Y la sombra de él intentaba tenerla en sus manos, pero se le escapaba. Ambos temblaban al mismo ritmo, pero la sombra de él estaba arata a sus propios pies. El reflejo de ella no. No, este último, es decir ella mismita, era libre de sí misma e inabarcable por él, cuya sombrta se dilataba y encogía intentando retenerla en sus manos.
Fue en la segunda pieza. Una composición de él, de su cuerpo -o sería acaso su sombra- sobre el movimiento de la danza de la música proveniente de esa cordillera bonica bonica que nos atraviesa. Fue entonces cuando la ví clarita a ella: era la silueta de una mujer desnuda acostada. Y cada vez se extendía más lejos. Más lejos de las manos de la sombra de él.
Entonces sonreí con un tantico de lascivia. Claro, es que no estuve antes atenta, pero esa mujer desnuda, brillo débil de la guitarra, estaba rozando de a tanticos mi sombra. Luego, no contenta con semejante propuesta tan indecente, me agarró la pantorrilla. Y yo quietecita escuchándola y vibrándomela.
Ella no se dejaba agarrar por la sombra de él: seria y desesperada. Encambio a mi sombra y a mi misma nos buscaba, porque sabe que somos también una guitarra. Pero una solica solica.
Entonces hubo notas dulces, dulces, como de gomitas de las que no tienen ni gota de ácido pero son más potentes que el LSD. Y lo miré a él. A ella. Sí... él la tenía en sus manos agarrada. Sus dedos la tocaban. Sí. Acariciaba suavemente las cuerdas sin rasguñar los trastes.
Sí, la tenía. Pero su brillo, ella, seguía extendida, agarrada a mí, dejando marcas en mi pantorrilla, alejándosele más, siéndole más imposible.
Y paró de tocar. Se puso en pie. Fugazmente se cruzaron sombra, brillo y cuerpos. ¿Luego?
ah, luego se quedo solico el escenario. Yo estaba en el proscenio, no era parte del público. Pero igual loco, es que a mi garganta le falta una cuerda, la más dulce.
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