me encanta marcarme la nuca con la gamba de la g hirviente. Hacerme fisuras con la jota en la clavícula y cavar hoyos en mis homoplatos con las eses. La gente buena no necesita poesía. Estoy siendo futilánime, por favor leerme de forma futilosa o fusilante. Gracias.

sábado, febrero 05, 2011

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Dar por un instante en que la sombra, poseedora de ternura insípida, conmueve. Un instante, en que solo se puede percibir: se es piel, y lo paradójico es que muy poco importa la forma, el ismo. Ya: perfectus estatus de tranquilae stulicia. Todo para la mierda. Solo una ventana helada y algo indescifrable, insignificable, intraducible, pero de perfecta y exacta escritura, tesitura, compostura. Una orgía de pepitas: exacta, matemática… y a pesar de todo ello, insignificable. Jamás por ello insignificante. Pero no, esta mano no vino a escribir eso que acaba de escribir, y está olvidando. Está escribiendo la necesidad de llorar dulce y desapasionado. Siempre regresa. Eterno retorno de la sombra. Pasan tantos instantes por el cuerpo, que solo le queda el eco de recuerdos evocados casi con enajenación. Cuando se deja de meditar, se percibe. Pues no se entiende. Y así se recorre. Que extrañeza la que produce el beso de la propia sombra, pero viene a ser menos frío que el del espejo. ¿Cuál de los dos miente? Es necesario, quizás, hacerse preguntas estúpidas sin respuesta, para hacer más llevadero el encabritamiento que producen ciertas melodías. A ciertas horas de la noche. A ciertas temperaturas. Con ciertos deseos secretos de los meñiques, y ciertos olvidos de los ombligos. Con cualquiera de las soledades.

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