Ese desvalido gato sobre la mesa. Me aferro a tus bigotes de colores, esos que se escapan invisibles de tus ochos hacia tu nuca, e intento enterrarme en mi sulfato, y... Pero es que no me lloran las amígdalas, es que yo no sé hacia donde ir y no tengo afán por. No es cierto. No lo entiendo. quiero ahora. necesito nunca más. Esta añeja novedad. A veces corro olfateando tus huellas sonoras, y en medio de mi incapacidad de algo me olvido fundiendo y fundiendo.
Será que siempre estará esa máscara geométrica que me mira y se burla.
Y no importa. Quiero que no importe, y en medio de esa ligereza saborearte los kilos de incomprensión. que por qué no dejarme acurrucadita cuando ni me veo y no respiro y no me dejas detenerme y que mierda quiero el piso pero se mueve, te mueves y me mueves y. Gracias al rocío que no se detiene
Desde antes de conocerte me volví incapaz de escribirte algo a tu nombre prestado sin letra de cambio. Pero después de tanto y tan poco, reconozco el movimiento. Y nuevamente, articulando palabras de forma medianamente lógica y desastrosa, me destilo en humo de tabaco, y me encuentro observándome, con gestos geométricos riéndome de mí,
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