me encanta marcarme la nuca con la gamba de la g hirviente. Hacerme fisuras con la jota en la clavícula y cavar hoyos en mis homoplatos con las eses. La gente buena no necesita poesía. Estoy siendo futilánime, por favor leerme de forma futilosa o fusilante. Gracias.

martes, abril 07, 2009

De corazón: Tripas

Entre el hedor a sudor de obreros y babas de borrachos Caummont distinguió ese olor. Ese inconfundible olor a harina, mezclado con rosas, pudor y sexo. Nunca pudo evitar observar con cierta ternura lasciva cómo brincaban tímidamente sus senos tras las jarras de cerveza que llevaba a todos esos desgraciados muertos de hambre. Así como no podía evitar en las noches imaginar sus manos ásperas asiendo el débil contorno de su cintura. No podía evitarlo, simplemente lo enloquecía. Si desde el principio hubiera sabido que era una puta ¿le habría cautivado tanto?

Salió de sus cavilaciones y le pidió a la joven le trajera pan y cerveza, lo mismo de todas las mismas frías noches de invierno. Nunca le hablaba la desgraciada, no era una fufa barata, claro que no. Era una con clase, de esas que se abren de piernas solo ante la realeza.

Y después de cerrar la taberna, allí se dirigió justamente, a la realeza, por la puerta trasera. Solo era el hijo del conde. Un niño púber el infeliz. Si su padre no le había dado un orgasmo, mucho menos lo haría el pequeño. La costumbre: abrirse de piernas, y comenzaba el teatro. Realmente debió haber sido una actriz. Ese era su maldito trabajo... uno que no soportaba más: jadeos sin espíritu, sudor más forzado que un parto... finalmente algunas monedas de oro y salir de esas frías habitaciones llenas de riqueza hacia los suburbios donde moraba.

Se veía bien la luna reflejada en el río... cualquiera que cayera en él moriría de hipotermia... ¿Nunca has salido en las noches a caminar? ¿Nunca has sentido como penetra en tu piel esa desidia camuflada en lágrimas heladas? ¿Nunca has tenido la tentación de dejarte caer? Es muy fácil juzgar a una prostituta. Es muy fácil señalarle sin saber que es el ser más puro. El filósofo más arriesgado. Para ser una ramera hay que ser valiente. Para lanzarse por la borda, hay que ser valiente ¿Difería mucho la valentía de una puta a la de un suicida?
Amelia cerró los ojos y subió una de sus piernas a la baranda del puente, dejando ver un finísimo liguero. Fue entonces cuando sintió una mano rodeando su cintura.

Las cosas sucedieron con demasiada prisa. Una noche más de vida, qué más daba ¿Cobrar? Todas las noches había visto a este hombre desearla y desnudarla con su mirada... una mirada casi paterna que le hacía voltear el rostro al denotar lástima. Pero todo se reducía a este instante: Curiosidad.
Dicen que a las putas no se les besa. Entonces eran caricias del diablo lo que recibían sus labios. Tímidos mordiscos que reprimían gemidos austeros. Gemidos de siglos callados. Sintió que era recostada en el pajar. No sabía qué pensar ¿Pensabas? ¿Que se piensa antes de morir mientras eres tratada como objeto? ¿Era tratada ahora como objeto?

Poco a poco los labios de él iban bajando por su cuello, dejando marcas, casi arrancando desesperadamente su aroma. Y sus manos... sus manos se enredaban en sus cabellos con una extraña mezcla de salvajismo y ternura.
¡Su carne...! Él no podía soportar verla aprisionada por más tiempo. Quería sentirla en toda su infinitud.

Olvidarse de cada una de sus percepciones, de sus vivencias, de quién era... quería solo enterrarse y olvidar en ella, prolongando su existencia...Miradas encontradas, caricias de ebrios amnésicos. Sobre su cuello las manos bajan marcando el camino para que más tarde resbale la navaja. Uno a uno se desatan los ojales, desaparecen las telas y los velos. Queda la sombra de su piel temblando. Desnuda, pudorosa e infinitamente obscena. Unas manos: las de Adán, las de Napoleón, las de Hitler, las de Santo Tomás, las de Thor, las de Apolo. Esas manos intentan escudriñar más que las miradas: acarician los hombros, se clavan en la quijada, seguidas por rastros de saliva, lentas como las del caracol, pero ardientes como las del fénix. Se posan sobre su pecho y recorren la tibieza de mil suspiros exactos. Tan cálidos, tan firmes... tan perfectos ¿cómo no lamerlos? ¿cómo no morderlos? ¿cómo no amarla y castigarla? Su propia respiración, su propio pulso acelerado es pecado, es una tentativa a renunciar al lenguaje y sucumbir ante el caos de sus caderas temblorosas, de su cintura de reloj de arena, por donde más que el tiempo todo el espacio está atrapado…y esa sonrisa llena de dolor que se dibuja en su rostro cada vez que le rasguña las ingles, y se masturba con sus caderas…

Entonces regresa al lugar del que nunca debió haber salido. Esa calidez que no quiere abandonar... ese fuero donde cree tener el derecho a enterrar sus significados, sus recuerdos, sus odios, sus pasiones, sus mentiras y aún peor sus verdades. Cree que en toda esa sublimidad será cremada su esencia y por un instante es feliz. Mientras ella llora, porque no es así. Porque no se quema. Se congela.

Esa mañana en París todas las prostitutas amanecieron muertas. Y aún dicen que fue Jack el destripador. Pobres pensantes. Yo mejor sigo aullándole a la luna, ahora que ya no tiene la bella voz de las meretrices, que aunque no lo crean, fueron las que más versos le obsequiaron.

1 comentario:

Iyari Feria dijo...

Analizándolo... me di cuenta apenas ahorita que sos muy viceral para escribir xD
:3
<3