
Mis pensamientos navegan en este humo de mentol, canelay sin sabor. Solo chocando con troncos nicotínicos. Y tranco mis caracolitos con una voz femenina. Rasgada, tierna y dulce: Tan salvaje. Pero es tan alta que tropiezo ¡Me mareo! Y caigo a tientas.
No asesino el yo poético, prefiero la nausea (aunque a ser sincera vivo con nauseas ¿estaré preñada? ¡que va! si ya hace meses olvidé qué es follar), a oirlos hablar sobre sabios y sabiduría. Percusiones de vesos agenos que suenan a chupas de inodoros inoloros.
El mismo riff, mismo tambaleo. Iguales rodillas raspadas. Mil mosquitos microscópicos ¿navegan también en mis ojos acuosos?¿soy un mar?¿mierda, agua o fuego? Tierra. De chocolate. Chocolate virgen que espera se remoje en sus aguas los dedos y los pasee por los labios. Virgen proque era azufre, ahora me derrito con el calor.
Me antoja un helado. Algodón de azucar, de ese al que le hechan mucho ají para verme hacer muecas graciosas.
Si... ahora que naufrago en el pasto mutilado que sangra piscos (porque le llama pisquero) y me detengo a observar el espejo transparente que en frente mio no me deja avanzar, veo que soy como un lago infinito. De esos que coleccionan olitas. Pero mi sudor no es salado. Claro que no... dime, ¿a qué sabe?
Por eso no asesino el yo poético ¿cómo asesinar un espacio acuoso?
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