¿con la navaja sucia y la cuchilla muerta? Ten cuidado, no se te valla a caer el pañuelo. Me han contado que te han visto repitiendo mil veces el mismo poema, para ver si cobra una vida distinta cada verso. No me canso de contar cada uno de tus pasos, y te persigo siguiendo tus huellas, para ver si me guían hacia los recuerdos de un pasado discontinuo, donde las liebres se arrastraban y las águilas nadaban. Donde Las palabras no anidaban en tu parpadeo, y entre suspiros se te escapaban ases y pifias.
corre y recorre de codo a codo los pantanos urbanos, donde los algodones dejaron de ser de azucar, y solo son salados. Ceño fruncido y mentón arrodillado, madrazos al cielo y un paso apretado. Miles de caras desconocidas, voces quedas o aceleradas, ninguna logra decir nada. Sigues buscando, y si me tropiezas a carreras y me ocultas con tu vaho, te regalo mi último disparo para que una vez más huyas hacia ese: el circo más barato.
¡Deberían demandar al guionista! ¡Qué diálogos más gastados, frustrados y aporreados!
Dedos tronados, percusion salívica y lágrimas consignadas en el único banco sin funcionarios. Y yo solo te observo, bajo los rayos caprichosos de la luna y su personalidad múltiple. Siendo injusto juez inefable de tu soneto: Palabras rebuscadas para que la suma de los versos alcancen la métrica perfecta, la que dicen es perfecta.
Pobrecillo, la diferencia es que mientras tu lloras, yo sonrío. Y me das tu roce helado al llegar al final: Lo último, cuyo incio fue mucho antes que todo el resto. Donde siempre te he esperado: Al otro lado del espejo.
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